Siempre quiso ser...

Mons Rafael Cob, es misionero burgalés en el Vicariato Apostólico de Puyo, Ecuador. De niño tenía grandes sueños, quería ser sacerdote y misionero ¡Y  se han cumplido sus sueños!



Todos en la vida un día fuimos niños, es hermoso ser niño, pero lo mismo que los arboles antes de ser arboles fueron semilla, luego van creciendo y se convierten  en arboles, así en la vida son las personas. Todas como las semillas quieren ser grandes árboles para dar fruto. Las semillas encierran grandes esperanzas como grandes sueños  que un día se cumplen.

Los misioneros también fuimos niños, como esas semillas pequeñas queriendo ser grandes árboles, niños con muchos sueños. Como vosotros soñabamos y queríamos ser  grandes héroes como los santos, o como grandes personajes de leyendas o de historias  que han hecho mucho bien a los demás. Ahora me doy cuenta que también en la niñez Dios habla al corazón y siembra en cada uno de nosotros grandes ideales  y como a sus amigos nos invita a seguirle.

Yo desde muy niño quise ser sacerdote, sentía que Jesús me llamaba para ser su amigo. Pronto llegaron a mis manos la revistas misioneras que rifaban en la catequesis y que nos daba el párroco, me gustaban las historias que allí se contaban. Entré en el seminario menor y allí se fue fraguando más mi deseo de ser sacerdote y además misionero, porque admiraba a muchos familiares míos que lo eran.

Tras mi ordenación sacerdotal sentía que seguir a Jesús era entregar mi vida más allá de las fronteras en países de misión. Fui enviado a la selva de Ecuador, al Vicariato de Puyo, y así que pidiendo a Dios su fuerza y fiado de su providencia me lancé  para la selva. Donde la extensión de terreno era inmensa, apenas había caminos, solo estrechos senderos y ríos para llegar a las comunidades. Eramos pocos misioneros pero poco a poco nuestros sueños se hacían realidad, no importaba el cansancio, el calor y el sacrificio, para llegar a esos poblados era parte de la aventura. Niños jóvenes, adultos, todos tenían hambre y sed de Dios. Y que gozo ser "mensajero de paz" por aquellos montes. Y aquí sigo. Ya han pasado 18 años desde que S. Juan Pablo II  puso sus manos en mi cabeza para consagrarme como obispo misionero de este Vicariato. El trabajo se me multiplico por 1000, y es que los sueños a medida que pasa el tiempo se van agrandando.





Aquí seguimos soñando cada día que el Reino de Jesús llegue a todos, y que los niños y los jóvenes  sigan escuchando ese "Sígueme" de Jesús para ser grandes misioneros. ¡Vale la pena¡


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