De cantante de rock a...

Alfonso Zamorano es misionero Verbum Dei, de pequeño quería ser cantante de rock, hoy siente que Dios le ha hecho un regalo inmerecido al ser misionero y poder recorrer el mundo llevando su Evangelio




Dios me ha hecho el regalo inmerecido y precioso de ser su misionero. Ya son 24 años fuera de mi querida Palencia, recorriendo el mundo, especialmente Latinoamérica, contagiando FELICIDAD, llevando esperanza y amor de Dios. Aunque para ser sincero, lamentablemente no fue algo, o más bien “Alguien”, que estuvo presente en mi niñez, al menos hasta los 12 años. De hecho confieso con un poco de vergüenza que no recuerdo casi nada de mi primera comunión, y  la verdad es que no rezaba mucho y era muy revoltoso en el colegio, sobre todo en la clase de reli. ¡Qué paciencia tuvo nuestra profe, que ya era mayor!

Lo que sí recuerdo de mi infancia es ver a mi madre enviar dinero cada mes para ayudar a mi tía misionera en Perú. Y también recuerdo claramente una visita que nos hizo al cole un misionero que andaba por África; la verdad que me dio mucha pena lo que nos contó sobre lo mal que lo pasaban allí los niños y pensé en lo afortunado que era al poder estudiar, tener comida, una familia… Eso sí: sentí una cierta admiración hacia el misionero por todo el bien que con tanta generosidad y sacrificio hacía por los demás. De todas formas, nunca pensé que esa vida podría ser también para mí.

Ser misionero o cura, o algo por el estilo, fue algo que no entró en mi horizonte hasta que tuve mi primer encuentro fuerte con Jesús a los 14 años. Recuerdo muy bien ese momento. Fue leyendo el pasaje del evangelio que nos cuenta en encuentro de Jesús con Zaqueo. Sentí que Jesús también me llamaba por mi nombre y quería quedarse en mi casa como mi mejor amigo. En ese momento de silencio y soledad me sentí inundado por una inmensa alegría, muy difícil de explicar, pero completamente real. Alegría que no solo permanece, sino que crece día a día. Creo que fue la primera vez que escuché a Dios. Dos años después tuve una experiencia muy fuerte. Mi amigo y compañero de curso se intentó suicidar. Me quedé impactado; parecía que todo iba tan bien en su vida… Tenía amigos, buenas notas, era el que más ligaba con las chicas…  Aparentemente lo tenía todo, pero le faltaba un sentido para vivir. Mi pensamiento adolescente ante mi amigo, que gracias a Dios pudo recuperarse, fue el siguiente: “si mi amigo conociera a Jesús tendría ganas de vivir.” ¡Si! Yo había experimentado las ganas de vivir que Jesús había despertado en mí. Por algo Jesús nos dice que él es LA VIDA, y que ha venido a nosotros para que tuviéramos vida en plenitud. (Juan 10, 10) Sin yo saberlo, en ese deseo de que mi amigo conociera a Jesús, ya me estaba llamando a ser misionero.

Queridos niños, os invito a escuchar la voz de Jesús en vuestro corazón, llamándoos por vuestro nombre. (Isaías 43, 1-2) Estoy seguro que sentiréis una gran alegría que necesitaréis compartir con los demás. Surgirán en vosotros deseos de que vuestros amigos y seres queridos también conozcan a Jesús. ¡En eso consiste sobre todo la misión!




Y esa misión se puede vivir en el Congo, en Nicaragua, Camboya… y también en nuestra querida España, donde mucha gente sufre soledad, tristeza y falta de sentido en su vida porque no conoce a Jesús. ¡Atrévete a escuchar a Jesús y serás también su misionero!
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