Navidad en nuestro interior

Es Navidad. Jesús viene a nacer en cada uno de nosotros. Y quiere comprobar cómo sigue siendo de acogedor nuestro interior...



Apenas un pesebre, sí. Humilde, por no decir austero, pero en el que no debe faltar lo fundamental: siempre repleto del calor de la amistad; plagado de arrullos de amor, de abrazos de fraternidad; a rebosar de esa alegre luz que, en la oscuridad de la noche, siempre ilumina el futuro, que se desea mejor para todos; con las puertas abiertas de par en par al paso del necesitado, al regalo de la mera compañía: de la felicidad y penas compartidas...

A Jesús le encanta hacerse presente por Navidad. Viene siempre, para quedarse; para que sintamos su presencia, su amistad, su capacidad de escucha. Quiere constatar la firmeza de nuestros pasos, saber de nuestros logros, pero también de nuestros problemas y preocupaciones, de nuestros titubeos. Quiere que descubramos nuestros fallos, para procurar no volver a caer en ellos, y que incidamos en lo que mejor hacemos en favor de los demás, especialmente de los más necesitados. Quiere escucharnos, que le contemos qué es de cada uno de nosotros, de nuestro existir... Y hablarnos para devolvernos la ilusión perdida en las refriegas de la vida y rellenarnos de esperanza nuestro reducido recipiente de miras, para que este rebose, para que en él nunca nos falte la dosis de justicia, libertad, amor y perdón que alberga toda utopía; valores, entre otros, que Jesús nos enseñó para comenzar a saborear el Reino de Dios, un Dios que nunca defrauda.

Navidad es la prueba de que otro mundo mejor es posible, y de que debemos empezar a construirlo en nuestro interior. Jesús se empeña en convencernos de ello y llega a hacerse uno de nosotros para enseñarnos el camino a recorrer. Un sendero en el que no cabe la indiferencia, la pasividad frente a los desafíos, el bienestar propio por encima de las urgentes necesidades de los demás. En nuestros días se sigue muriendo de hambre y sed, de enfermedad y pobreza, mientras una minoría practica un consumismo desaforado. Hoy la violencia de las guerras, del terrorismo, de la venta de armas... continúa sembrando la tierra de cuerpos destrozados por los disparos y las explosiones de las bombas. Actualmente la esclavitud y la explotación están lejos de ser abolidas, y la persecución por motivos políticos, religiosos, de raza o económicos está a la orden del día...

A pesar de tanta desgracia acumulada en el planeta, para la que no tenemos soluciones milagrosas, la Navidad se empeña en convencernos de que, también en las periferias de la vida –o allí más necesariamente que en ningún otro lado–, la esperanza es posible. Para ello debemos estar ahí, sentirnos cercanos con todos los que caminan en las fronteras de la necesidad. Salir al encuentro de todos, porque, como ha dicho el papa Francisco, "caminar solo es feo y aburrido. Caminar en comunidad, con los amigos, con aquellos que nos quieren, esto nos ayuda, nos ayuda a llegar a la meta a la cual nosotros tenemos que llegar": la renovación y esperanza de una Navidad compartida.


Revista Supergesto, diciembre 2013


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